Reflexiones
“Hay una leyenda sobre un pájaro que canta sólo una vez en su vida,
y lo hace más dulcemente que cualquier otra criatura sobre la faz de la tierra.
Desde el momento en que abandona el nido, busca una árbol espinoso
y no descansa hasta encontrarlo. Entonces cantando entre las crueles ramas
se clava el mismo en la espina más larga y afilada.
Y al morir envuelve su agonía en un canto más bello
que el de la alondra y el del ruiseñor. Un canto sublime al precio de la existencia.
Pero todo el mundo enmudece para escuchar, y Dios sonríe en el cielo.
Pues lo mejor solo se compra con grandes dolores... al menos así lo dice la leyenda.”
El Pájaro canta hasta morir, Colleen McCullough
Nunca había tenido la necesidad de plantear semejante cuestión. El hogar era la casa y la casa el hogar... Mi vocabulario reconocía esas palabras como sinónimos y las intercalaba a su antojo, simplemente porque nunca había pensado que pudieran tener otro tipo de relación.
Pero eso era antes: era el tiempo en el que yo no sabía distinguir cuál era la esencia de un "hogar".
Guardo entre mis recuerdos algunas imágenes que me remontan a esa época de ignorancia y desarraigo. Algunas cajas de distintos tamaños estaban desparramadas sobre el piso de madera, y las hojas de diario hechas un bollo adornaban los rincones vacíos y llenos de polvo. Un pintor anónimo acariciaba la pared del cuarto principal con el rodillo y la pintura pastel tan fresca, al tiempo que el carpintero tomaba las medidas para armar las cajoneras que le había encargado.
Caminé por el largo pasillo del departamento y sentí el escalofrío que nos produce aquello con lo que no tenemos absolutamente nada que ver. Me reconocí como una extraña entre lo extraño. En aquel momento, cuatro años atrás, estaba en una casa nueva que había reemplazado a mi antiguo hogar. Faltaba el alma que se había quedado prendida de las paredes viejas de mi casa natal y que, tarde o temprano, sencillamente se esfumaría.
Miré todo con ojos atentos y traté de imaginar por dónde podía comenzar a construir el nuevo hogar que la vida y mi familia habían decidido que tuviera. Pensé en llamar amigos y hacer una fiesta, en acomodar los muebles tal como estaban antes, en ensuciar la cocina con mis ensayos de repostería o hacer que mi perra siberiana perdiera pelo hasta dentro de la bañera.
Observé las paredes pero no se proyectaban recuerdos, no existían. El eco del vacío ocupaba el lugar de aquellas charlas telefónicas. Tampoco estaba el recuerdo de su risa y la mía en el ambiente o las miradas cómplices que solía prodigarme... antes.
Entonces me desperté por una fracción de segundo al darme cuenta de que, en realidad, ya no tenía hogar. Estaba en mi casa, frío espacio delimitado por paredes que no representaban nada para mí, excepto eso. Pensamientos torturadores se agolparon en mi cabeza: "¿hasta cuando?", "¿por qué?" "¿cómo es posible... si yo estoy acá?"
Pero entre la resignación y la impotencia, cerré los ojos y el recuerdo del abrazo especial que en algún momento envolvió mi existencia, junto con su risa y sus miradas cómplices me hizo saber que los años me habían dado más de un hogar.
Entonces advertí que mudarse, es en cierta forma, empezar de nuevo. Uno trae lo que quiere consigo y deja todo aquello que prefiere ovidar. Es una nueva etapa en la que podemos modificar lo que no nos gusta y hasta modernizar la versión de nuestra vida y nuestro concepto de hogar.
Porque el hogar es el mágico lugar donde el corazón está tranquilo, sereno, como tarde de sol y domingo. Al estar lejos de la familia, el hogar puede ser reemplazado por la sonrisa sincera de un amigo que nos acompaña o por la palabra sincera que nos hace pensar "¿sabías que te quiero aunque no te lo diga?". Es así como uno advierte que en las pequeñas cosas también existe un hogar.
Y de ahí en adelante no importó que las paredes estuvieran huecas, porque podía empapelarlas con los recuerdos que traía encima.
Las casas nuevas permanecen vacías poco tiempo, siempre que sepamos cómo llenar el espacio. Basta con que cada dueño explore su corazón y haga que se desborde lo que hay en él para que inunde hasta el último rincón.
Donde estén las personas más queridas, donde se guarden los recuerdos, donde los sueños comiencen a edificarse habrá un hogar para cada uno de nosotros. Es por eso que nunca hay que cansarse de buscar la sonrisa ni de brindarla, de decir algo sincero y espontáneo, de mirar hacia atrás para buscar a aquella persona que ya no está... pero que alguna vez estuvo y construyó un hogar para ambos mientras el sueño duró.
Si el corazón está tanquilo, basta para que te asientes ahí donde se refleje tu alma... y ese será tu hogar.
Rosario Galeano
Muchas mujeres se convierten en madres por accidente, otras por elección, unas cuantas por presiones sociales y un par, a lo sumo, por hábito.
¿Te has preguntado alguna vez por qué las madres de los niños impedidos son escogidas?
De cierta manera veo a Dios, rondando sobre la Tierra, seleccionando sus instrumentos para la propagación, con gran esmero y deliberación.
.Mientras Él atisba, instruye a sus ángeles a que tomen nota en un gigantesco libro mayor: "Dale a Beth Armstrong un hijo y de patrono a Mateo. A Marjorie Forrest una hija y de santa patrona a Cecilia. A Mary Carrie unas gemelas y de santo patrono... dales a Gerardo. Él acostumbra protegerlas"
Finalmente, Él aprueba el nombre y sonríe diciendo:
- Dale a ella un niño impedido.
El ángel se muestra curioso y pregunta:
- ¿Por qué, Dios? Ella era tan feliz...
- Exactamente -sonríe Dios-. ¿Podría yo dar un niño impedido a una madre que no sabe reír?
- Pero ella, ¿tendrá sufrimiento? preguntó el ángel.
- Yo no deseo que ella sufra ni mucho menos, ni que se hunda en un océano de desesperación y compasión por sí misma. Una vez que la sacudida y el resentimiento pasen, lo aceptará y sabrá manejar la situación. Yo la observé hoy. Tiene un sentimiento de provecho e independencia que es muy raro, pero necesario en una madre.
El niño que voy a darle tiene su propio mundo y ella tiene que hacer que él viva en el mundo de ella, y eso no va a ser fácil.
- Pero Dios -siguió el ángel- pienso que ella no seguirá pensando en ti.
Dios sonrió:
- No importa, yo puedo arreglar eso. Este caso es perfecto, pues ella tiene justamente bastante amor propio.
El ángel se asombró:
- Amor propio. Pero, ¿es esa una virtud?
Dios asintió con la cabeza y contestó:
- Si ella no puede separarse por sí misma del niño, menos perfecto. Ella no lo sabe aún, pero será envidiada. Nunca tomará como un hecho la palabra dicha. Nunca considerará un paso mal dado. Cuando su hijo le diga ¡Mamá! por primera vez, verá un milagro y estará presente en él cuando le describa un árbol o una puesta de sol; verá como pocas personas han visto mis creaciones.
Dios continuó:
- Voy a permitirle ver claramente las cosas que yo veo... ignorancia, crueldad, prejuicios.
Nunca estará sola, voy a estar a su lado cada minuto del día de su vida, porque ella va a hacer mi trabajo, tan segura como que estará aquí a mi lado.
- ¿Y quién será su santo patrono? -preguntó el ángel.
Dios sonrió:
- Un espejo será suficiente...
Anónimo