La felicidad verdadera que Jesús nos anunció en las bienaventuranzas.

Para los jóvenes en tiempo y edad, para los que se mantienen y desean mantenerse jóvenes, aunque hayan alcanzado la etapa de la madurez, y para los que siempre mantienen viva la chispa de la juventud en algún rincón del corazón.




Felices los jóvenes que descubrieron que no es lo mismo vivir que durar; que no es lo mismo amar que dejarse llevar por una pasión descontrolada; que no es lo mismo hacer las cosas por obligación que poner todas las ganas en un proyecto; que no es lo mismo encontrar el sentido de la vida en el servicio a los demás que, de vez en cuando, hacer un gesto de solidaridad.

Felices los jóvenes que saben practicar la tolerancia y los que confían en la providencia y en el futuro.Los que son sal y luz de la tierra, los que se entregan como fermento en la masa y los que son apóstoles del mensaje de Jesús, el camino para mejorar la sociedad.

Felices si comprenden que son los ojos de Dios, con los que podemos mirarnos con ternura; que son sus manos, para trabajar por un mundo mejor; y que son su boca para no callar la verdad.



Texto tomado de Felices los jóvenes, Juan Carlos Pisano, SAN PABLO, 2002.