Cuentos
Vacaciones de invierno. Tarde fría, lluviosa y aburrida. Demasiado aburrida.
Mi hermana fue al cumpleaños de una amiga. Mamá está ocupada y papá trabaja.
Busco en mi habitación algo con qué entretenerme y veo sobre un estante la caja secreta de mi hermana. Ella nunca me deja tocarla. Ésta es mi oportunidad.
La bajo con cuidado, me siento sobre la alfombra y la abro.
No lo puedo creer. Salen volando seis mariposas, tres palomas y unas cuantas abejas. Me asusto tanto que la tapo nuevamente. Pero soy muy curioso y la vuelvo a destapar. Ahora me salpican las olas del mar.
Meto la mano y saco un poco de arena, dos caracoles y unas estrellas de mar. No lo puedo creer. ¡Debo estar soñando! Me acerco y miro. La caja parece no tener fondo y me meto dentro. Doy vueltas en una calesita, me trepo a los árboles y tomo un rico helado. La estaba pasando muy bien hasta que llegó mi hermana.
Ella me saca la caja y la tapa, luego me guiñó el ojo y me dijo: - Éste será nuestro secreto.
Por favor, vos no se lo digas a nadie que la caja de mi hermana es mágica.
¡Gracias! Prometo que algún día te la voy a prestar. A vos ¿qué te gustaría sacar?
Extraído de la revista "Maestra de Primer Ciclo" Editorial Bahiense.
Era un pueblo simple.
En el pueblo había una plaza.
La plaza estaba cerca de mi casa.
Sonriente, colorida, ¡llena de vida! Siempre había allí hamacas en movimiento, abuelos, niños y pájaros.
Cada mañana Don Alfredo, el placero, regaba los canteros, cortaba el césped y mantenía todo en orden.
Pero, ese día sería especial. Era la fiesta del pueblo y el acto principal sería allí mismo en la plaza que está cerca de mi casa.
Don Alfredo llegó más temprano que nunca y ¡casi se desmaya! El arenero, lleno de pozos. Las margaritas pisoteadas. La basura de dos cestos de residuos desparramada por casi toda la plaza.
Don Alfredo quería saber quién había sido el responsable de tanto desorden, pero no había tiempo de averiguarlo y puso manos a la obra. Juntó la basura. Tapó lo pozos.
Cuando se disponía a acomodar las margaritas se le acercó silencioso un pequeño perro lanudo todo blanco.
El perrito lo miró asustado pidiendo perdón. A pesar de que Don Alfredo estaba muy enojado, sonrió. Pensó que sería una buena compañía. Lo invitó a seguirlo.
Le dio agua y un poco de pan.
Esa mañana la fiesta en la plaza estuvo perfecta. Todos felicitaban a Don Alfredo por cuidar tan bien de la plaza.
Desde ese día mientras Don Alfredo trabaja, el pequeño perro lanudo todo blanco lo espía pero, sentado sobre un banco.
Silvia B. Zurdo
Un día los chicos encontraron dos pajaritos discutiendo arriba de unos balcones.
Uno estaba en una jaula con abundante comida mientras el otro volaba libre y se sentía importante.
Pero el que volaba libre estaba muy preocupado porque su hambre era grande y no había probado bocado.
La gente que allí vivía nos dicen lo que se oía, mientras ellos caminaban y los pajaritos dialogaban.
- Yo te abro la jaula.
- Si vos me das tu comida.
- Primero dejame libre y te la doy enseguida.
- No, ahora quiero comer y luego libre te haré.
- No confío en tu palabra, adentro me quedaré.
Perdieron los dos pajaritos pudiendo haberse ayudado, porque en vez de ser generosos, fueron pobres desconfiados.
Extraído de la revista "Maestra de Primer Ciclo" Editorial Bahiense.